PENSAR LA MUERTE
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Tras la reciente muerte de un compañero sacerdote, relativamente joven (seis años más que yo), han sido repetitivas las reflexiones que me he hecho sobre el misterio de la muerte. Puede pensarse que un sacerdote "domina a la perfección", este trascendental "cara a cara" de nuestras vidas, pero no es realmente así.  También nosotros, los llamados  "ministros de Dios", podemos: temblar ante el espanto que provoca la corrupción de los cuerpos; la decadencia irremediable de la salud; el tiempo -siempre meteórico- que se nos puede llegar a dar, para despedirnos de esta vida.

De la celebración litúrgica que se le dedicó en la Parròquia de Sant Ambrós de Barcelona, me impresionaron -especialmente- los momentos de silencio. Ese palpar la quietud de quedarnos concentrados y conmovidos, ante el féretro del sacerdote amigo; esos momentos significativos de unión silenciosa ( aunque sea frágil, tantas veces, nuestra fraternidad ), ante la cruda realidad de la muerte; ese impacto que nos provocaba la vanidad de tantas cosas, que parecen dirigir nuestras vidas de una manera frenética y que acaban desvelándose, como ridículamente inútiles.

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